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Y el rey le dijo al elefante: ¿Por qué no te mueres“
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Para algunos medios, más peso noticioso ha tenido la fractura de la cadera del rey de España que el hecho brutal de matar animales por el solo placer de hacerlo, un placer que data de años junto con el amor a las armas, con una triste historia
Fernando Checa Montúfar
Todavía se recuerda, con festejos por un lado y con fuertes críticas por otro, la célebre frase “¿por qué no te callas?” que Juan Carlos I de España (¿rey, en pleno siglo XXI?) le espetó al presidente venezolano Hugo Chávez en la Cumbre Iberoamericana de noviembre de 2007.
Para unos sigue siendo motivo de festejo que su “majestad” le haya ordenado callar al “dictador” Chávez (sorprende que con frecuencia medios y políticos utilicen este calificativo para referirse a alguien que ha ganado la casi totalidad de elecciones en las que ha participado). Para otros, y coincido, resulta deleznable que un monarca anacrónico (elegido por el dictador, este sí, Francisco Franco, como su sucesor y no por el pueblo) con arrogancia imperial haya cometido la majadería de ordenarle callar al presidente (elegido democráticamente, este sí, por su pueblo) de un país que dejó de ser colonia de su reino hace alrededor de dos siglos.
Pues bien, resulta que ahora el monarca en cuestión es protagonista de otro hecho también deleznable pero, sobre todo, reñido con la conciencia ecológica que el monarca dice tener como presidente de una organización ambientalista. Hace unos días, Juan Carlos I estuvo en Botsuana cazando elefantes, no se sabe si borrachos (los elefantes, digo, no los cazadores, aunque quién sabe) como ya lo hizo con osos en Rusia. Ese nuevo safari se llegó a conocer por la prensa mundial, incluida la nuestra, no tanto por el hecho criminal, sino porque el pobre rey sufrió una caída y se fracturó la cadera.
Si bien es cierto algunos medios han tenido un enfoque crítico frente al tema, especialmente por los costos de este oneroso safari (se dice que cada uno de los 3 rifles especiales que el rey posee cuesta cien mil euros) en medio de la crisis que vive España o porque no comunicó oportunamente al gobierno español de su aventura al mejor estilo del colonizador de siglos pasados (lo que hizo que el rey se disculpara de manera bastante escueta, por cierto); buena parte de los medios ha silenciado o minimizado el brutal significado de la afición del rey que, para empezar, contradice su condición de presidente honorífico de la WWF en España, organización que ya tiene más de 50 años luchando por la protección de elefantes y otras especies, tantos años como los que tiene el rey matándolas. Por ello, es un nombramiento sorprendente si se consideran los antecedentes de este fanático de las armas y de la cacería mayor.
Formado militarmente, Juan Carlos comenzó su carrera armamentística, de lo que se sabe, a los 18 años de edad matando a su hermano menor Alfonso en un hecho que se calificó de accidente pero que generó sospechas por el tema de la línea sucesoria al trono. Lo que ocurriría 20 años después cuando se convirtió en el sucesor designado por y del agrado del generalísimo Francisco Franco para la jefatura del Estado. Ese mismo amor por las armas heredaría su nieto Felipe Juan Froilán quien hace más de una semana, a los 13 años, se hirió en un pie con una escopeta, pese a que su uso es prohibido para los menores de edad.
En cuanto a su afición por la caza, esta data de muchos años, con hitos como la polémica suscitada en el 2006, cuando en Rusia cazó un oso emborrachado previamente, lo cual fue motivo de una investigación municipal en la localidad donde este hecho se produjo. Antes, en el 2004, en Rumanía, causó otra polémica por la “sangrienta carnicería en la que abatió 9 osos (ursus arctos) y un lobo, especies protegidas por convenios internacionales que Rumanía también firmó” (diario El Mundo, 17 de octubre del 2004).
Y ahora en Botsuana surge el gran tema noticioso de la cadera que ha dejado en segundo plano, para buena parte de la prensa, el hecho fundamental: el disparo certero y criminal del rey a un elefante que mientras agonizaba posiblemente escuchó a su majestad, el portador del fusil asesino, decirle: “¿por qué no te mueres?”. Al menos esa impresión deja la foto que publica el diario Hoy, el 15 de abril de 2012 (p. A8), y en la que se ve al rey junto a un guía, los dos con sendos rifles, junto a un elefante que parece estar en los estertores de su agonía, y a manera de pie de foto el titular: “Rey de España operado de la cadera”, con el antetítulo en letras más pequeñas: “Viaje para cazar”. Luego se supo que esta foto correspondía a un safari anterior.
Claro, portavoces oficiales españoles afirman ahora que la cacería en ese país es legal por la gran cantidad de elefantes que hay. Puede ser, pero, dejando de lado el hecho de que esos safaris cuestan entre 7 y 30 mil euros o más (¿quién financia tal lujo?), no deja de ser absolutamente reprochable el acto de matar a un animal más aún cuando lo ejecuta un individuo que es referente para buena parte de los españoles, sus súbditos. Aunque permitida la cacería, usted, lector, ¿lo haría?, ¿mataría a un hermoso elefante, oso o búfalo por el solo hecho de sentir un gozo infame en el fondo de su… ego? Ese ego de cazador que si el tiro no es fulminante le haría espetarle al pobre animal “¿por qué no te mueres?
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