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Ecuatorianos lean esto: "Receta honesta para el diálogo sincero" dada por el Papa Francisco

2015-07-13 18:05:00
Papa Francisco en Ecuador
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La dio en Paraguay, pero es aplicable a nuestra nación y a todos los sectores, sin exclusiones

Cuando todavía suenan las palabras del Papa Francisco en Ecuador, con su llamado al diálogo, que ha sido malinterpretado por un sinfín de voceros y sectores, desde Paraguay, frente a los sectores sociales, Su Santidad ha lanzado una especie de receta para aplicar al diálogo que claman y reclaman muchos. Recogemos esas palabras de su discurso emitido este sábado 11 de julio, en Asunción, porque se aplica con exactitud a nuestra realidad.

"La Patria primero, después mi negocio"  
Papa Francisco

"La segunda pregunta se refirió al diálogo como medio para forjar un proyecto de nación que incluya a todos. El diálogo no es fácil. También está el diálogo teatro, es decir representemos al teatro, juguemos al diálogo y después hablamos entre nosotros dos y aquello quedó borrado. El diálogo es sobre la mesa, claro, si vos en el diálogo no dices realmente lo que sientes, lo que piensas y no te paras a escuchar al otro e ir ajustando lo que vas pensando y vas ajustando y conversando, el diálogo no sirve, es una pinturita. 

Ahora también es verdad que el diálogo no es fácil, hay que superar muchas dificultades y a veces parece que nosotros nos empecinamos en hacer las cosas más difíciles todavía. Para que haya diálogo es necesaria una base fundamental. Una identidad. Por ejemplo, yo pienso en el diálogo interreligioso, donde representantes de las diversas religiones hablamos, nos reunimos a veces para hablar diversos puntos de vista. Pero cada uno habla desde su identidad, yo soy budista, yo soy evangélico, yo soy ortodoxo, yo soy católico, pero cado uno dice su identidad, no negocia su identidad. 

O sea para que haya diálogo es necesaria esa base fundamental. Y cuál es la identidad en un país, estamos hablando de un diálogo social, el amor a la Patria. La Patria primero, después mi negocio. Esa es la identidad. Yo desde esa identidad voy a dialogar. Si yo voy a dialogar sin esa identidad el diálogo no sirve. Además el diálogo presupone, nos exige buscar esa cultura del encuentro. Un encuentro que sabe reconocer que la diversidad no solo es buena: es necesaria.

 La uniformidad nos anula, nos hace autómatas. La riqueza de la vida está en la diversidad por lo que el punto de partida no puede ser voy a dialogar pero aquel está equivocado. No, no, no podemos presumir que el otro está equivocado, yo voy con lo mío y voy a escuchar qué dice el otro, en qué me enriquece el otro, en qué el otro me hace caer en la cuenta que yo estoy equivocado, y en qué cosas le puedo dar yo al otro, es un ida y vuelta, ida y vuelta pero con el corazón abierto con presunciones de que el otro está equivocado, mejor irse a casa y no intentar un diálogo.

 El diálogo es para el bien común y el bien común se busca desde nuestras diferencias dándole posibilidad siempre a nuevas alternativas, es decir, buscar algo nuevo siempre cuando hay verdadero diálogo, se termina en un (permítanme la palabra, pero la digo noblemente) en un acuerdo nuevo donde todos nos pusimos de acuerdo en algo. ¿Hay diferencias? quedan a un costado, en la reserva, pero en ese punto en que nos pusimos de acuerdo, o en esos puntos en que nos pusimos de acuerdo, nos comprometemos y los defendemos, es un paso adelante, esa es la cultura del encuentro.

 Dialogar no es negociar, negociar es procurar sacar la propia tajada, a ver como saco la mía, no, no diálogo, no, no pierdas tiempo, si vas con esa intención no pierdas tiempo. Es buscar el bien común para todos, discutir juntos pensar una mejor solución para todos. Muchas veces esta cultura del encuentro se ve envuelta en el conflicto, es decir, vimos un ballet precioso recién, todo estaba coordinado y una orquesta que era una verdadera sinfonía de acordes, todo andaba bien.

 Pero en el diálogo no siempre es así no todo es un ballet perfecto, una orquesta coordinada, en el diálogo se da el conflicto y es lógico y esperable porque si yo pienso de una manera y vos de otra y vamos andando, se va crear un conflicto. No le tenemos que temer, no tenemos que ignorar el conflicto, por el contrario somos invitados a asumir el conflicto. Si no asumimos el conflicto, si no asumimos el conflicto nos va a dar dolor de cabeza. Que vaya con su idea a su casa y yo me quedo con la mía. No podemos dialogar nunca.

 Esto significa: «Aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en un eslabón de un nuevo proceso» (Evangelii gaudium 227). Vamos a dialogar, hay conflicto, lo asumo, lo resuelvo y es un eslabón de un nuevo proceso. Hay un principio que nos tiene que ayudar mucho. La« unidad es superior al conflicto» (ibíd. 228). El conflicto existe, hay que asumirlo hay que procurar resolverlo, hasta donde se pueda, pero con miras a lograr una unidad pero no es uniformidad, sino es una unidad en la diversidad.

 Una unidad que no rompe las diferencias, sino que las vive en comunión por medio de la solidaridad y la comprensión. Al tratar de entender las razones del otro, al tratar de escuchar su experiencia, sus anhelos, podremos ver que en gran parte son aspiraciones comunes. Y esta es la base del encuentro: todos somos hermanos, hijos de un mismo Padre celestial, y cada uno con su cultura, su lengua, sus tradiciones, tiene mucho que aportar a la comunidad. Ahora yo estoy dispuesto a recibir esto; si estoy dispuesto a recibir y dialogar con eso, entonces si me siento a dialogar, si no estoy dispuesto, mejor no perder el tiempo.

 Las verdaderas culturas no están cerradas en sí mismas, sino que están llamadas a encontrarse con otras culturas y crear nuevas realidades. Cuando estudiamos historia, encontramos culturas milenarias que ya no están más, han muerto por muchas razones pero una de ellas es haberse cerrado a sí misma.

 Sin este presupuesto esencial, sin esta base de hermandad será muy difícil arribar al diálogo. Si alguien considera que hay personas, culturas, situaciones de segunda, tercera o de cuarta algo seguro saldrá mal porque simplemente carece de lo mínimo, del reconocimiento de la dignidad del otro. Que no hay primera de tercera, de segunda ni de cuarta, somos de la misma dignidad.

 Y esto me da pie para responder a la inquietud manifestada en la tercera pregunta: acoger el clamor de los pobres para construir una sociedad más inclusiva. Es curioso, el egoísta se excluye. Nosotros queremos incluirnos. Acuérdense de la parábola del Hijo Pródigo, ese Hijo que le pidió la herencia al Padre, se llevó toda la plata, la malgastó y al cabo de un largo tiempo que había perdido todo porque le dolía el estómago de hambre, se acordó de su Padre, y su Padre lo esperaba, es la figura de Dios que siempre nos espera y cuando lo ve venir lo abraza y hace fiesta.

 En cambio, el otro hijo, el que había estado en la casa se enoja y se autoexcluye. “Yo con esta gente no me junto, yo me porte bien, yo tengo una gran cultura, estudié en tal y en tal universidad, tengo tal familia y alcurnia así que con esto no me mezclo”. No excluir a nadie, pero no autoexcluirse porque todos necesitamos de todos. También un aspecto fundamental para promover a los pobres está en el modo en que los vemos.

 No sirve una mirada ideológica, que termina usando a los pobres al servicio de otros intereses políticos o personales (cf. Evangelii Gaudium 199). Las ideologías terminan mal, no sirven, las ideologías tienen una relación o incompleta, o enferma o mala con el pueblo, las ideologías no asumen al pueblo, por eso fíjense en el siglo pasado, en qué terminaron las ideologías, en dictaduras, siempre, siempre, piensan por el pueblo, no dejan pensar al pueblo. O como decía aquel agudo crítico de la ideología cuando le dijeron pero esta gente tiene buena voluntad y quieren hacer cosas con el pueblo, todo por el pueblo pero nada con el pueblo, esas son las ideologías.

(Fragmento discurso Papa Francisco ante Sociedad Civil Paraguay - Asunción 11 de julio de 2015.
Fuente: ACI prensa
Foto Archivo


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