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Edición #4501 |  Ecuador, jueves, 21 de septiembre de 2017 |  Ver Ediciones Anteriores
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A "COLUMNA VERTEBRAL DE LA PATRIA", "ARBITROS DE LA DEMOCRACIA", "GARANTES DE LAS ELECCIONES"… LE LLEGÓ LA HORA DE LOS ¿PORQUÉ?

2017-03-13 20:45:00
Análisis
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Por: Dr. Francisco Herrera Aráuz /Ecuamex

Dos hechos producidos en estas últimas horas electorales en Ecuador, entre un llamado displicente del candidato Andrés Páez a que el comandante general del Ejército, General Luis Castro, se pronuncie políticamente para atacar un presunto fraude y; la respuesta del militar en un comunicado igual de displicente con el proceso político ecuatoriano, así como declaraciones vertidas por este en la puerta de servicio de un cuartel, han echado por los suelos los conceptos que se han impuesto por parte de los militares ecuatorianos para tenernos a toda la sociedad en una especie de "democracia tutelada". Abierto el debate salta la impresión que llegó la hora de sacudirse de tales cadenas imaginarias.

 

En la historia del Ecuador, con las debidas excepciones, las intervenciones golpistas de los militares en la política nacional siempre han sido nefastas. Su rol frente a la democracia se ha visto seriamente cuestionado al final de cada aventura dictatorial en la que se han metido, y con una pobre visión represiva de corte derechista, convertidos mas bien en instrumentos de apetitos particulares, su pasado los marca por haber tenido en sus lapsus gubernamentales en la nación envueltos entre muertos, con lágrimas, con sangre o en ridículo. Más de una decena de dictaduras militares desde la fundación de la república le dan sustento a este aserto.

Se supone que la actual etapa democrática, considerada una de las más estables y largas en la historia nacional, fue resultado de un proceso de salida de la última dictadura ejercida por el triunvirato militar de Poveda, Durán y Leoro. La nueva constitución de 1977, la elección de Jaime Roldós, el sistema de partidos y la reestructuración institucional del país se lo vivió en medio de la masacre de Aztra con algunas decenas de muertos encima, el asesinato de Abdón Calderón, la participación en el “Plan Cóndor” y el tribunal electoral de la mano negra. A pesar de todo eso, pareciera que una nueva tendencia doctrinaria afín al pensamiento militar expuso a los uniformados a consentirse a sí mismos con el concepto unísono de “columna vertebral, árbitros y garantes de la patria, de la democracia y las elecciones” y todo porque habían devuelto el poder político a los civiles.

Y por supuesto que la entrega del gobierno fue con un serio condicionante, los militares conservaron el derecho a veto. Es decir que muchas decisiones trascendentes debían contar con su anuencia y autorización, en especial con los informes para el manejo de la seguridad nacional, control de los sectores estratégicos, la concesión de frecuencias de medios de comunicación, para el manejo del espacio aéreo, y demás. Por supuesto, súmese a ello el control y presencia en el frente político para temas como el de las elecciones, en las cuales su intervención era aceptada e invocada en cada proceso electoral que a partir de 1979 se dio en el país.

El discurso fue de alta consideración para la presencia de los militares en la institucionalidad nacional. Por más radical que fuese el debate político siempre se consideró como las gloriosas fuerzas armadas ecuatorianas a la presencia omnipotente de las mismas. La imagen alicaída con la que salieron del poder y los escándalos que sobrellevaron las cúpulas militares en la década de los 80´s, como la pérdida de la guerra de Paquisha, la muerte de Roldós, las conspiraciones alusivas entre generales, el relajo del avión Foker y la pateadura a Febres Cordero en Taura, no dieron un grado de respetabilidad a esa lógica de columna vertebral, sin embargo la frase denotó siempre una aceptación común de la política nacional a su presencia.

La Guerra del Cenepa en 1995 revalorizó enormemente la presencia y autoridad de las fuerzas armadas ecuatorianas, saltando luego de su triunfo en las armas a una posición que les generó privilegios a sus filas. Así; la participación en la producción y economía como la posesión de fábricas, terrenos, universidad y hasta hoteles de lujo fueron parte de esa lista de prebendas inexplicables en la nación bajo el amparo de la defensa nacional.

Sin embargo, de dicho conflicto bélico los rezagos que quedaron no fueron precisamente considerados como bienes o beneficios; así: nunca se ha revelado la cifra del costo de dicha guerra, una explicación cabal de la compra de armas inservibles que terminaron en chatarra del Cenepa guardada en las bodegas militares; la pérdida de los 14 mil kilómetros cuadrados del territorio nacional que implicó el cierre de frontera o, la privatización de Twintza. Nada es explicado hasta ahora, pero la imagen de columna vertebral siguió y con más fuerza desde esos días.

 

¿Cuándo es que viene a caerse el concepto?, pues, cuando salen de sus filas las generaciones que combatieron en ese conflicto. Su actitud en los últimos años ha sido con poses arrogantes de que por ellos, los militares la patria existe al haber ganado la guerra, como si quisieran cobrar una deuda a la nación por sus servicios. Adoctrinados en los cuarteles como elementos vitales para el Ecuador, reclaman hasta ahora en sus discursos el reconocimiento eterno a su papel jugado en esos días con el prestigio permanente que debemos guardárselos por lo que los muérganos civiles debemos ser menos que los héroes de la patria que llevaron uniformes y sus consabidos privilegios y canonjías. El que el gobierno de Rafael Correa les haya comenzado a restar los privilegios para equilibrar la situación nacional es lo que les ha costado en los actuales días el enfrentarse a la realidad de que no podían ni pueden ser aceptados con esa imposición del concepto.

La historia recordará que fue el 27 de Febrero de 2016, en reacción al discurso del vicealmirante Zambrano, que el presidente de la nación, Rafael Correa Delgado reclamó el que una vez más los militares enrostren a su nación ser ellos la columna vertebral de la patria, mientras un grupo de pasivos salían disfrazados de negro del acto castrense, exhibiendo de paso en las palabras, gestos y hasta en los carteles que suelen llevar a sus manifestaciones ante el Ministerio de Defensa, algún tipo de conflicto psicológico de resentimiento homofóbico que reclama a sus autoridades civiles por su preferencia sexual. Pues sí, en medio de ese grotesco espectáculo – que, de paso, provocó vergüenza ajena en las propias filas militares - se les restó por primera vez ese concepto que hasta aquí nadie había discutido.

La confrontación ahora es para desenredar la frase por segregacionista, prejuiciada y exclusionista, porque la misma desune a Ecuador. Se da importancia y privilegio solo a los militares, mientras los demás sectores sociales, económicos, políticos, productivos todos, quedamos fuera con un simple discurso proclamado en los cuarteles. Históricamente en dos momentos la sociedad civil, confrontada a la realidad, ha sacado de lado al grupo organizado de los uniformados para demostrarles que sin ellos se puede interactuar en la nación; sea en la fuerza con la que los migrantes dieron su respaldo económico, que se puso al Ecuador al hombro. Y, en el terremoto del pasado abril de 2016, tiempo en el cual de varias formas la sociedad se organizó en su solidaridad junto a su propio gobierno y pudo salir adelante. Si bien los militares cumplieron con su obligación como cuerpo organizado, esta vez no solo fueron ellos ni la gestión positiva fue solo desde su lado, fuimos entre todos los que nos sumamos a una causa, esa fue la diferencia.

 

Lo de Árbitros de la Democracia por los hechos que le han tocado vivir a Ecuador entre la década de los 90´s hasta el presente, puede ser tomada como una graciosa como grotesca manipulación de la historia política nacional.

Si se toma en cuenta, de los cuatro procesos golpistas desestabilizadores de nuestra nación, desde Bucaram (1997); Mahuad (2000); Gutiérrez (2005); Correa y 30-S (2010) en todos ellos han estado presentes como actores fundamentales, como co-partícipes, como promotores de las asonadas cuarteleras los militares, sean por sus cúpulas, sean por sus mandos entre generales, coroneles, oficiales y demás miembros de las fuerzas armadas ecuatorianas.  En todos estos casos su presencia ha sido determinante, y por cierto, no han tenido ningún respeto por la democracia y sus instituciones como de los mandatarios elegidos. Queda como evidencia de esta conducta anti-democrática de algunos militares ecuatorianos los pronunciamientos en las horas funestas de la lucha política, en los cuales bastó que “retiren el apoyo de las fuerzas armadas” para que se caiga el gobierno elegido legítimamente por los ciudadanos.

El que los uniformados hayan cedido a la actitud codiciosa de un grupo de gañanes de la política, que han ido a tocar las puertas de los cuarteles, es infamante para ellos mismos. El que se hayan visto envueltos en conspiraciones con algunos dirigentes políticos, frecuentemente perdedores de las elecciones, les restó desde esos mismos momentos su papel auto asignado de árbitros de la democracia. Porque es lógico pensar que si se pone a un moderador a que actúe para zanjar las bajas pasiones políticas que infectan a nuestra democracia, no es válido que ese grupo se convierta en parte del problema y no en una solución al mismo. Si bien la clase política ha acudido frecuentemente a que los militares aligeren sus diferencias, esto no les validó como responsables de la democracia nacional y, además, el que hayan sido parte de los golpes de estado que en Ecuador tienen fama de impunes, todos impunes, les quitó ese papel de árbitros que lo han desempeñado de manera deshonrosa.

Y aunque no se quiera creer, eso de árbitros de la democracia hasta llegó a constar en las constituciones de Ecuador, frase y concepto que fueron retirados con dura crítica por parte de la sociedad civil en el debate de la Constitución del 2008, tras lo cual no se le tiene esa consideración de tal a las fuerzas armadas ecuatorianas, porque bajo ninguna circunstancia un militar puede deshonrar su nombre, carrera y presencia ante la historia siendo un golpista.

 

Y como si de mitificar el papel de los uniformados en la democracia ecuatoriana, se ha querido imponer otro concepto con sesgo evidente en pro de los militares con aquello de garantes de las elecciones, que en las últimas semanas bajo el grito de ¡fraude…fraude! parecen haber logrado hacer caer en la trampa al general Castro, quien considera que ese es otro de los papales asignados a la misión de las fuerzas armadas ecuatorianas.

Históricamente en este tiempo cada vez más se hace evidente la cuestión del cuidado del voto en favor de la sociedad civil. De una y múltiples formas han surgido procesos y organizaciones para que ese cometido sea administrado únicamente por el ciudadano, quien debe hacerse responsable de su voto, de la voluntad popular depositada en las urnas solo debe cuidar esa sociedad.  Para ello, han surgido toda una serie de acciones y gestiones internacionales así como dentro de los estados para nombrar autoridades civiles para que organicen, promuevan, ordenen y cuenten los votos hasta su proclamación. Habrá que preguntarse que en todo este proceso, cuándo entran a tomar parte los militares, y cuál es su papel.

Pues, de lo que se conoce, con regularidad el poder electoral siempre ha firmado convenios de cooperación con las fuerzas armadas para garantizar la seguridad de las elecciones, que de paso es una de sus misiones permanentes, a más de facilitar la logística en el transporte de materiales y sobre todo la impresión de papeletas. Para cumplir con todo este compromiso los militares usan los recursos del estado que les han sido dados, sean estos materiales, humanos o armas. Pero, el país debe saber que por todo este rol en las elecciones las fuerzas armadas cobran dinero contante y sonante, en contratos muchas veces cuantiosos. Es más, en casos como en el 2002 en que el Instituto Geográfico Militar perdió el concurso de impresión de las papeletas frente a la prestigiosa Imprenta Mariscal, se generó toda una ola de reclamos porque les habían quitado esa especie de monopolio que en el tema disfrutan hasta ahora los militares, eso solo para recordarlo no mas.

¿Garantes? Habrá que dimensionar que imagen transmite una sociedad que promueve sus elecciones libres con elementos armados en los recintos electorales, porque da la impresión de que somos incapaces de cuidar entre nosotros mismos el cuidado de ese voto. En un sociedad desmilitarizada como en el caso de Costa Rica son sus jóvenes, en muchos casos como los Scouts, los que ayudan y contribuyen al proceso de organización electoral sin necesidad de hacer presencia armada, no es este un tema para reflexionar: ¿Se garantiza el voto con fusiles?.  De paso, en Ecuador, en este tiempo, los militares han recibido para sí el derecho del voto, lo cual les pone en entredicho sobre si son garantes de su propio sufragio, o de que garantizan con su presencia. El punto final al tema es que la única garantía de las elecciones la tenemos que dar los ciudadanos y nuestras organizaciones, con una respetabilidad a la transparencia y pureza del acto electoral, sin necesidad de tutelajes uniformados, eso es Democracia.

 

Finalicemos. Un flaco favor a la democracia le hizo el general Castro esta semana, sea porque respondió de manera sospechosa al llamado del candidato vicepresidencial Andrés Páez, dando la impresión de una relación inexplicable, porque no se entiende como se suma a una tendencia que grita fraude con su versión nada aclarada de la ruptura de la cadena de custodia que ha sido desmentida por el propio Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas.

El general Castro, y las acciones de los militares en estos últimos años desatan y seguirán provocando el debate de la sociedad civil que reclama respuestas para saber: ¿Quién los nombró?, ¿Cuándo fue que les entregaron sus derechos a que les cuiden? Y sobre todo es hora de cuestionar sus actuaciones a las generaciones viejas de los militares con un sonoro ¿Porque? ante esos conceptos que los ha impuesto, y se los quiere seguir manteniendo aunque sea a fuerza de la bravata o el ruido de sables. El Ecuador ya no está para eso.

La controversia en la salida de un militar al dejar su mando se mide en el minuto posterior al anuncio de su retiro. Si un oficial se va de forma respetable queda el recuerdo y el ejemplo, pero si no lo hace así, al segundo siguiente de dejar su grado y pasar a retiro ningún subordinado le hace caso, deja de existir y no se le respeta ni considera, así son los militares, así se comportan en sus filas. Digo, ¿Será por eso que el general Castro tuvo que rendir su declaración final por la puerta de servicio de la Escuela Superior Militar en Quito la tarde el pasado 7 de marzo? (FHA)

Francisco Herrera Aráuz / Director General dl Sistema Informativo Ecuadorinmediato 
Ecuamex: Agencia productora de contenidos editoriales para Ecuadorinmediato.com

fuente fotos: lahora.com.ec/vistazo.com/4pelagatos.com/ubicatv

 

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